El problema ambiental: límites del enfoque económico convencional

Desde la economía clásica del siglo XVIII hasta el Paquete de Belém de la COP30 en 2025, este artículo traza cómo el sistema económico ha tratado a la naturaleza como un bien pasivo e inagotable. Un recorrido histórico que conecta a Petty y Walras con los acuerdos climáticos más recientes, para preguntarse si la economía puede realmente incorporar los límites físicos del planeta.

El divorcio entre economía y ecología deriva de un desencuentro de enfoques entre la gestión de los recursos naturales y un sistema económico construido como un universo autosuficiente de valores monetarios, al margen de su relación inherente con la naturaleza. Estas dos áreas del conocimiento, hermanadas por leyes tan irrevocables como las de la termodinámica, tomaron caminos diferentes aunque paralelos. La reflexión sobre esta relación ha vuelto al centro del debate de la mano del cambio climático, trayendo consigo nuevos paradigmas sobre qué es un sistema económico y cómo se relaciona con la naturaleza.

De la economía clásica al Producto Nacional Bruto

Esto obliga a una retrospección sobre la economía del siglo XVIII, basada en el ciclo de producción, consumo y crecimiento, donde la actividad mercantil se sostenía en una balanza decantada hacia el enriquecimiento a costa de otros, sumando el conflicto social como variable adicional. Con el paso de los años, la economía se afianzó como disciplina, asumiendo la tarea de promover el crecimiento a partir de los recursos del planeta, lo que permitió generar riqueza sin observancia real de la afectación ambiental, en una época en que la minería ya era considerada una actividad económica relevante.

Fue necesario entonces equilibrar la ecuación entre una tierra generosa (la riqueza) y una fuerza que la transformara y le diera valor: el trabajo. William Petty enunció esta relación en la llamada “ecuación natural”, que dio paso a la economía clásica, donde la producción quedó cargada de materialidad creada por el trabajo, dejando a la Tierra como un bien pasivo e inagotable. Hacia finales del siglo XIX, el sistema económico se leyó exclusivamente desde el valor: el capital se volvió el razonamiento dominante y lo físico quedó reducido a un ente abstracto expresable en términos monetarios. León Walras sostuvo que la economía atendía ecuaciones matemáticas que equilibraban oferta y demanda en función del valor, lo que detonó el concepto de agentes económicos: objetos susceptibles de ser apropiados, transferidos y producidos.

Puntos de vista similares dieron origen al concepto de Producto Nacional Bruto, donde el medio ambiente continúa inestimado como el contenido físico vital de dichos procesos. Actividades como la construcción o la minería dan por sentados los recursos naturales en tanto son abstraíbles en el concepto de valor; el medio ambiente se vuelve así un objeto económico libre, lo que abre un debate sobre su apropiación.

Hacia una reconciliación entre economía y ecología

La conciencia ecologista se desarrolló en Occidente entre 1970 y 1980, impulsada por el comportamiento industrial de la época y la vinculación académica con la temática ambiental. En esa década ocurrió una de las mayores crisis de hidrocarburos de la historia moderna, mientras el crecimiento demográfico y económico topaba con los límites de los recursos naturales no renovables y el debilitamiento de los ecosistemas.

Después de 1980, el abaratamiento de las materias primas y del petróleo trajo una nueva ola de crecimiento económico a costa del medio ambiente, lo que hizo necesario incorporar el adjetivo sostenible al vocabulario económico. La necesidad de los países ricos de gestionar sus residuos productivos llevó a acuñar el término “desarrollo sostenible”, y así surgió un concepto unificador: la sustentabilidad entre el sistema económico y el medio ambiente.

Para el año 2000, los estudios sobre economía y ecología buscaban recuperar la reconciliación perdida desde el siglo XVIII. Hacia 2004, economías emergentes como China e India mantenían una expansión consumista asociada a su densidad demográfica, mientras los países desarrollados seguían ampliando, a golpe de tecnología, los límites del crecimiento. En contrapunto, la academia respondió con programas de conservación y análisis de la biosfera, y la sociedad exigió cada vez más información sobre la gestión ecológica y económica. Hoy, las tecnologías digitales y los satélites permiten una nueva geografía cuantitativa que no deja espacio territorial sin observar, lo que coloca a los Estados ante nuevos retos administrativos y normativos sobre la calidad de vida de las personas.

Crisis ambiental, crisis de civilización

El fracaso de las teorías de desarrollo está ligado a la crisis ambiental y al desplazamiento del ser humano del centro de la noción de desarrollo económico, visible en la figura del homo miserabilis: un conjunto de personas arrastradas de sus espacios de vida hacia una estructura económica que las obliga a alcanzar niveles mínimos de consumo en aspectos fundamentales como la educación, la salud, el transporte y la vivienda.

A pesar de la vasta literatura sobre economía ambiental, el deterioro sigue propagándose por el mundo. La economía se presenta como una rama del saber orientada a racionalizar la gestión de recursos, pero cabe preguntarse si su función, directa o indirecta, no ha sido también ocultar o relativizar los problemas de gestión de recursos que plantea la actualidad. La economía no puede ser una ciencia servil: debe aportar un núcleo duro de racionalidad para orientar los planteamientos sociopolíticos actuales, sin perder de vista que el razonamiento monetario —centrado en el valor y la utilidad— solo registra los costes de extracción y manejo de recursos, pero no los de su reposición, mientras privilegia desigualdades sociales y territoriales desde el uso del dinero.

En el razonamiento económico unidimensional resulta más fácil mirar hacia otro lado que invertir en sistemas productivos ecológicamente compatibles, y con frecuencia el tema ambiental se acompaña de una rentabilidad ecológico-electoral de corto plazo que no logra frenar el deterioro.

De París a Belém: la agenda climática 2025-2026

La discusión ya no es solo teórica: en noviembre de 2025 la COP30, celebrada en Belém, Brasil, evidenció las tensiones descritas en este análisis. Con el respaldo de casi 200 países, la cumbre aprobó el Paquete de Belém, que incluye triplicar el financiamiento para adaptación climática hacia 2035 y movilizar 1.3 billones de dólares anuales para acción climática, además de crear un Mecanismo de Transición Global Justa. Más de 120 países presentaron contribuciones nacionales nuevas o actualizadas, en lo que la cumbre describió como un paso hacia una nueva economía climática.

Sin embargo, el acuerdo final omitió una hoja de ruta vinculante para el abandono gradual de los combustibles fósiles, pese al respaldo de más de 80 países a la propuesta de Brasil. Este resultado confirma la tesis central de este texto: el sistema económico sigue sin incorporar plenamente los límites físicos del planeta en su razonamiento de valor, incluso cuando el consenso científico y político sobre la urgencia climática es prácticamente unánime. La brecha entre el financiamiento prometido y el efectivamente entregado, junto con la resistencia a fijar calendarios de salida de los combustibles fósiles, muestran que la reconciliación entre economía y ecología sigue siendo más un proceso en disputa que un hecho consumado.

Existe, con todo, una luz al final del túnel ecológico: la sensibilidad creciente de la población sobre el tema, capaz de presionar a la industria y a los gobiernos hacia programas y actividades económicas distintas. El cambio climático es la consecuencia más visible del deterioro ecológico mundial, pero aún queda mucho camino por recorrer en la redefinición del sistema económico, en función de un metabolismo social verdaderamente colectivo.

Referencia bibliográfica

Naredo, J. M. (2006). Raíces económicas del deterioro ecológico y social: más allá de los dogmas. Siglo XXI de España.

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