¿Qué seguimos padeciendo a 6 años del COVID-19?

Más de años del COVID-19 y seguimos padeciendo sus efectos de fondo: desigualdad, nearshoring y la carrera por la Industria 4.0. ¿Qué le queda pendiente a la región?

La pandemia COVID-19 instauró en el mundo una crisis sin precedentes en los ámbitos social, económico y político. Una de las dificultades para la recuperación y solución de los diversos problemas en tales ámbitos fue la incertidumbre para obtener garantías sanitarias contundentes y verificadas en un lapso estimado. A este respecto, fue difícil dar certeza temporal al recobro de las actividades productivas debido a la volátil y asíncrona contracción de la demanda de productos y servicios a nivel mundial que la pandemia exacerbó. A seis años de distancia, esa misma incertidumbre sigue siendo un rasgo persistente de la manera en que gobiernos, empresas y hogares planean su futuro económico, aun cuando la emergencia sanitaria como tal ha quedado atrás.

La lectura de la CEPAL sobre la planificación de los Estados

Resulta interesante centrar la atención en la planificación de los Estados alrededor del mundo. Por lo que, la CEPAL (2020) concentró sus esfuerzos en la observación de tales estrategias políticas, mismas que se agrupaban en recursos públicos, capacidades productivas e instaladas en diversas regiones. El trabajo de la CEPAL publicado en abril del 2020 aseguraba que el COVID-19 tendría efectos graves en el corto y el largo plazo en la oferta y la demanda a nivel agregado y sectorial. En la actualidad, es innegable que los efectos planteados a corto y mediano plazo perdieron su propiedad temporal debido a las condiciones internas de cada economía, el comercio mundial, la permanencia de la epidemia y las medidas sociales y económicas para prevenir. Tampoco es de extrañar la cantidad de investigaciones que documentaron la pérdida de empleos, el quiebre de empresas, el debilitamiento de actividades económicas clave en los países y la saturación de los servicios de salud, aspectos arraigados mes a mes durante esta pandemia global y que hoy siguen sirviendo como referencia obligada para entender la magnitud del choque.

Una crisis con raíces anteriores a 2008

La crisis sanitaria en la opinión de algunos fue una oportunidad de reflexión ante la desconfianza en los mercados financieros, aspectos homogeneizadores de la globalización y el descontento social generalizado aun en países desarrollados. Sin embargo, olvidamos en tal reflexión el sustento estadístico previo y posterior a 2008. Por ejemplo, las cadenas globales de generación de valor y producción se habían visto socavadas por problemas derivados de la susceptibilidad ambiental y/o política de estrategias basadas en el multilateralismo, agravándose con el COVID-19 y afectando la sincronía de los mercados y su filosofía Just in time. Previamente a la pandemia, en 2019, la economía mundial registró su peor desempeño desde 2009, con una tasa de crecimiento de solo un 2,5%, una caída paulatina desde el 3.4% registrado entre 1997 y 2006. Adicionalmente, ya se observaba también en 2019 una desaceleración en el volumen del comercio mundial de bienes, lo que sugiere que la pandemia no originó la fragilidad económica global, sino que la aceleró y la volvió visible para el público general.

Choques de oferta y demanda: los más vulnerables

Con la pandemia solo se observó, con otra lente (la visión económica), un choque de oferta derivado del aumento de los precios y un choque de demanda agregada debido a la reducción del consumo de bienes. En el panorama financiero, la pérdida de liquidez y la acumulación de deuda fueron dos lastres y verdugos de economías débiles. Por lo que la crisis tuvo sus mayores impactos en los más vulnerables: adultos mayores, jóvenes desempleados, personas subempleadas, trabajadores desprotegidos y migrantes. Con los consiguientes aumentos en la desigualdad, aumentó el desempleo llevando a millones de personas a situación de pobreza, al mismo tiempo que se amplió la brecha en conocimientos e infraestructura digital, afectando el contexto microeconómico de los países. Particularmente, América Latina y el Caribe se encontraban en una posición débil respecto a los demás, un rezago estructural que las cifras posteriores no han logrado revertir del todo.

2026: el llamado a observar el fenómeno postcovid

El 2026 nos exhorta a la reflexión, como ciudadanos e investigadores nos corresponde observar y caracterizar el comportamiento del fenómeno POSTCOVID-19 y sus efectos microeconómicos en cada una de nuestras regiones. Las tecnologías digitales nos dan la inmediatez de comunicación y han permitido que una aparente nueva forma de relacionarnos en ámbitos laborales y educativos no solo haya tomado fuerza, sino que se posicione como un modelo laboral tan real que ha sido legislado, dándole espacialmente forma. Por lo que una medida relevante será encontrar estrategias de innovación educativa para acortar la brecha digital con soluciones de infraestructura y acceso a internet. Al mismo tiempo, será necesario repensar un sistema de salud nacional de calidad, sustentable, social y sobre todo tecnológico, capaz de anticipar en lugar de solo reaccionar ante la siguiente crisis sanitaria.

Empresas, nearshoring y capital relacional

El COVID-19 modificó el comportamiento de las empresas, mismo que seguirá cambiando. Las organizaciones buscarán de alguna forma acortar la distancia geográfica a sus grandes mercados a través del nearshoring y otros mecanismos antagónicos del proteccionismo actual. Adicionalmente, el concepto de capital relacional será relevante en los próximos años, debido al deterioro de la confianza en los proveedores mundiales. Es probable que nos enfrentemos a la pérdida de economías de escala, por lo que las MiPymes de la región deberán hacer frente a los nuevos retos del mercado en temas de empleo formal, salarios, adopción tecnológica y distribución de ingresos. En este escenario, la manera en que una empresa construye y cuida sus relaciones de largo plazo con proveedores y clientes puede pesar tanto como el precio o la eficiencia operativa.

Rumbo a 2030: virtualización, Industria 4.0 y CTI

La era post-COVID-19 aceleró algunos cambios estructurales, por ejemplo, la virtualización de las relaciones económicas y sociales; el teletrabajo prevalecerá en más industrias y regiones, particularmente en aquellas en que la Industria 4.0 ya fue implementada a tal nivel que opera como fábrica y servicios inteligentes. Además, la digitalización de las MiPymes avanzará aún más rápido, fomentando la inversión en automatización y robótica en Latinoamérica. Es importante reconocer que, de cara al 2030, el comercio internacional globalizado puede no ser el gran motor de crecimiento a largo plazo que se prometió en la pandemia. En México, contrarrestar estas incertidumbres dependerá de políticas industriales de diversificación hacia industrias más sofisticadas, por lo que diversas regiones mexicanas tendrán una ventana de posibilidades en Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI), siempre que se traduzca en inversión sostenida y en la formación del capital humano que esas industrias demandan.

Una lectura pendiente, cinco años después

Lo que seguimos padeciendo a más de cinco años del COVID-19 no es la enfermedad en sí, sino sus efectos de segundo orden: una economía global que no ha recuperado del todo la confianza, mercados laborales más fragmentados y sociedades que aprendieron a operar en la virtualidad sin resolver del todo las brechas de acceso que esa misma virtualidad exige. El reto será traducir estas lecciones en políticas concretas de innovación, protección social y diversificación productiva antes de que la memoria de la pandemia se diluya.

Referencia bibliográfica

Naciones Unidas, Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). (2020). América Latina y el Caribe ante la pandemia del COVID-19. Efectos económicos y sociales (Informe especial COVID-19 No. 1). https://www.cepal.org/es/publicaciones/45337-america-latina-caribe-la-pandemia-covid-19-efectos-economicos-sociales

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